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"Majareta" de Juan Manuel Gil

Majareta, la novela de Juan Manuel Gil publicada por Seix Barral, se instala en un territorio literario incómodo y fértil: el de la memoria familiar como campo de batalla, el del humor como mecanismo de defensa y el de la fragilidad mental como lente desde la que observar el mundo. Gil no escribe una novela “sobre” la locura, ni siquiera una novela “sobre” la familia: escribe desde ese lugar movedizo en el que ambas cosas se confunden, se rozan y se hieren. Y lo hace con una voz que parece ligera, casi juguetona, pero que va acumulando capas de gravedad hasta dejar al lector con la sensación de haber atravesado un territorio emocionalmente minado.



El título ya marca el tono. Majareta no es una palabra neutra. Tiene algo de insulto cariñoso, de etiqueta rápida, de diagnóstico informal que se lanza para cerrar una conversación incómoda. Decir “majareta” es no querer saber demasiado. Es colocar a alguien fuera de la norma sin necesidad de explicaciones. La novela se mueve, precisamente, en contra de esa simplificación. A lo largo de sus páginas, Juan Manuel Gil desmonta esa facilidad del juicio y se pregunta —sin solemnidad, pero con insistencia— qué significa realmente estar “bien”, quién decide los límites de la normalidad y cuánto hay de miedo en nuestra necesidad de etiquetar.


La historia se articula alrededor de una figura materna que gravita sobre todo el relato. Una madre excesiva, contradictoria, imprevisible, a ratos luminosa y a ratos devastadora. Una madre que habla sin parar, que inventa, que exagera, que descoloca. El narrador —hijo, testigo, víctima y cómplice— reconstruye su relación con ella desde una distancia que no es ni fría ni indulgente. No hay ajuste de cuentas ni voluntad terapéutica explícita. Hay, más bien, una tentativa de comprensión que sabe que está condenada al fracaso, pero que insiste.


Uno de los grandes aciertos de Majareta es su manejo del humor. No un humor de chiste fácil, sino un humor defensivo, casi automático, que surge cuando la realidad aprieta demasiado. Gil entiende que el humor no trivializa el dolor, sino que lo hace narrable. Muchas de las escenas más duras de la novela están atravesadas por una comicidad incómoda que obliga al lector a reírse y, casi al mismo tiempo, a preguntarse si debería hacerlo. Esa risa es una forma de implicación moral: reímos porque reconocemos algo, porque intuimos que ahí hay una verdad que nos concierne.


La estructura del libro acompaña esta lógica fragmentaria. Majareta avanza a base de escenas, recuerdos, anécdotas que no siempre parecen conducir a un punto claro, pero que van tejiendo un retrato complejo. No hay una progresión clásica ni una trama cerrada. La novela se parece más a una conversación larga, llena de digresiones, silencios y repeticiones, en la que lo importante no es llegar a una conclusión, sino mantenerse en el intercambio. Esa forma, aparentemente desordenada, reproduce con fidelidad la experiencia de convivir con alguien cuya lógica no es la dominante.


El lenguaje de Juan Manuel Gil es uno de los pilares del libro. Una prosa limpia, oral, muy atenta al ritmo de la frase hablada. No hay alardes estilísticos ni frases que busquen subrayarse a sí mismas. Todo parece escrito con una naturalidad engañosa, como si el texto se hubiera deslizado solo sobre la página. Pero esa ligereza es fruto de un trabajo preciso: cada palabra está colocada para sostener ese equilibrio entre cercanía y distancia, entre afecto y lucidez.


En el fondo, Majareta es también una novela sobre la infancia y sus residuos. Sobre cómo los niños aprenden a leer el mundo a partir de las grietas de los adultos. El narrador crece en un entorno donde las reglas no siempre son claras, donde las emociones se desbordan, donde el amor puede ser asfixiante. Esa experiencia marca su manera de estar en el mundo, su relación con la escritura, su forma de mirar a los demás. La novela sugiere, sin didactismos, que nadie sale indemne de su familia, pero que algunos cargan con un peso más visible que otros.


Hay en el libro una reflexión constante sobre el relato y la mentira. La madre habla mucho, inventa, fabula. El hijo escribe. Entre ambos se establece un juego de espejos: ¿qué diferencia hay entre la mentira patológica y la ficción literaria? ¿Dónde termina una y empieza la otra? Gil no ofrece respuestas cerradas, pero deja claro que narrar es una forma de ordenar el caos, de darle sentido a lo que, de otro modo, sería insoportable. La escritura aparece así no como salvación, sino como intento: un gesto precario, pero necesario.

Otro de los temas que atraviesan Majareta es el de la vergüenza. La vergüenza social de tener una madre “difícil”, la vergüenza íntima de no saber cómo quererla, la vergüenza retrospectiva de ciertas reacciones. La novela trabaja esa emoción con una honestidad poco frecuente. No busca redimir al narrador ni convertirlo en héroe moral. Al contrario, expone sus contradicciones, sus momentos de cansancio, incluso de crueldad. Esa falta de complacencia es lo que le da al libro su potencia ética.


El contexto social aparece de manera lateral, pero significativa. Hay una mirada crítica hacia una sociedad que medicaliza la diferencia, que necesita diagnósticos rápidos, que tolera mal la incomodidad. Sin convertir la novela en un alegato, Gil deja entrever cómo ciertos comportamientos son leídos como patológicos no tanto por su peligrosidad, sino por su incapacidad para encajar en un ritmo productivo, en una narrativa de éxito. Majareta plantea, de fondo, una pregunta inquietante: ¿cuántas excentricidades son tolerables antes de que decidamos que alguien está “mal”?


La relación entre madre e hijo es el núcleo emocional del libro, pero alrededor de ella orbitan otros vínculos: el padre, los hermanos, el entorno. Todos aparecen afectados por esa figura central que lo ocupa todo. La novela muestra cómo la enfermedad —o aquello que llamamos enfermedad— no es nunca individual, sino sistémica. Afecta a quienes rodean, obliga a reajustes constantes, genera alianzas y resentimientos. Gil retrata esa red de tensiones sin dramatismos excesivos, con una mirada que parece decir: esto es lo que hay, esto es lo que fue.


En ese sentido, Majareta se inscribe en una tradición de literatura autobiográfica que ha ganado peso en los últimos años, pero lo hace evitando algunos de sus vicios más frecuentes. No hay exhibicionismo ni voluntad de escándalo. Tampoco hay una búsqueda explícita de identificación generacional. El libro no quiere ser un espejo cómodo para el lector, sino un espacio de fricción. La identificación llega, si llega, por caminos oblicuos.

El tono Babelia de la novela —esa mezcla de ironía, reflexión cultural y atención al detalle cotidiano— se sostiene gracias a una inteligencia narrativa que sabe cuándo detenerse y cuándo avanzar. Gil confía en el lector, no le explica de más, no subraya las emociones. Deja que sean las escenas, los diálogos, los silencios los que construyan el sentido. Esa confianza se agradece en un panorama literario a menudo saturado de mensajes explícitos.


Hacia el final, Majareta no ofrece una resolución clara. No hay redención, ni cierre terapéutico, ni moraleja. Lo que hay es una aceptación parcial, incompleta, profundamente humana. La relación con la madre sigue siendo problemática, el pasado no se reescribe, las heridas no desaparecen. Pero hay una forma de convivencia con ese legado, una manera de nombrarlo que lo hace, al menos, compartible.


En última instancia, la novela de Juan Manuel Gil habla de amor. De un amor difícil, torcido, lleno de malentendidos. Un amor que no se parece al que nos venden los relatos edulcorados, sino al que se construye a base de resistencia y cansancio. Majareta nos recuerda que querer a alguien no implica entenderlo del todo, y que a veces el mayor gesto de amor es intentar contar la historia sin simplificarla.


Con esta novela, Juan Manuel Gil confirma una voz literaria singular, capaz de convertir la experiencia íntima en materia narrativa sin caer en el narcisismo ni en la autocompasión. Majareta es un libro incómodo, tierno, lúcido y profundamente contemporáneo. Un texto que se lee con una sonrisa torcida y se cierra con un nudo en la garganta. Y que, una vez terminado, sigue resonando, como esas palabras que se dicen a medias pero ya no se pueden retirar.

 
 
 

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