Nacho Montes y la escritura como forma de permanecer
- Violant Muñoz Genovés

- hace 2 días
- 6 Min. de lectura
Hay libros que no se escriben para explicar una historia, sino para sobrevivir a ella. Flores bajo la nieve pertenece a esa estirpe rara de textos que no avanzan por la trama sino por la memoria, que no buscan el artificio de la novela tradicional sino la verdad emocional de quien se atreve a mirar atrás sin defensas. Nacho Montes firma aquí una obra íntima y contenida que se sitúa en ese territorio difuso donde la literatura se convierte en un acto de resistencia frente al dolor y, al mismo tiempo, en una celebración de lo vivido.

El libro no se presenta como una autobiografía, aunque se nutre de una vida reconocible. Tampoco como una novela al uso, aunque utiliza herramientas narrativas propias de la ficción. En realidad, Flores bajo la nieve se instala en una zona híbrida, cada vez más fértil en la literatura contemporánea: la del relato autobiográfico que asume su condición literaria sin renunciar a la verdad emocional. Lo que importa aquí no es tanto qué ocurrió, sino cómo se recuerda, cómo se transforma el recuerdo en palabra y cómo esa palabra puede ofrecer cobijo tanto al autor como al lector.
Desde las primeras páginas queda claro que este no es un libro escrito desde la herida abierta, sino desde la cicatriz. El dolor está presente, pero no como desgarro inmediato, sino como una memoria sedimentada que ha aprendido a convivir con la vida. La muerte —de la madre, del marido, de una etapa vital— no aparece como un final abrupto, sino como un eco persistente que atraviesa el texto y le da profundidad. Montes no escribe para ajustar cuentas con el pasado, sino para entenderlo, para ordenarlo, para darle un sentido que permita seguir adelante.
Uno de los grandes aciertos del libro es su tono. Lejos del dramatismo fácil o de la confesión exhibicionista, Flores bajo la nieve apuesta por una escritura sobria, elegante, medida. La emoción no se impone al lector, se le ofrece. El autor confía en la inteligencia y la sensibilidad de quien lee, y evita en todo momento subrayar aquello que ya es evidente. Esta contención es, paradójicamente, lo que hace que el libro resulte tan conmovedor: porque deja espacio para que cada lector proyecte sus propias pérdidas, sus propios recuerdos, sus propias flores enterradas bajo la nieve.
La estructura del libro acompaña este viaje interior. No hay una cronología estricta, sino una sucesión de escenas, lugares, personas que funcionan como hitos emocionales. El Pirineo de la infancia, Madrid como espacio de descubrimiento y huida, Nueva York como escenario de plenitud y de ruptura. Cada ciudad no es solo un decorado, sino una forma de estar en el mundo, un estado del alma. El paisaje, tanto físico como emocional, juega un papel fundamental en el relato: la montaña como refugio y como aislamiento, la ciudad como promesa y como vértigo, el viaje como forma de búsqueda y también de pérdida.
La memoria, en este libro, no es un archivo ordenado, sino un territorio vivo, mutable. Montes entiende el recuerdo no como una reproducción fiel del pasado, sino como una reconstrucción constante desde el presente. Por eso el libro avanza a saltos, se detiene en detalles aparentemente menores, vuelve sobre los mismos episodios desde ángulos distintos. La repetición no es aquí un defecto, sino una forma de insistencia, de necesidad: hay cosas que solo pueden comprenderse después de haber sido contadas varias veces.
Uno de los ejes centrales de Flores bajo la nieve es el amor, entendido en un sentido amplio y no idealizado. El amor filial, el amor romántico, el amor entre amigos aparecen como fuerzas que sostienen y, al mismo tiempo, como fuentes de vulnerabilidad. El libro no oculta la fragilidad que implica amar, pero tampoco renuncia a la convicción de que ese riesgo merece la pena. Amar, parece decir Montes, es aceptar que todo lo importante es también efímero, que toda flor está destinada a marchitarse, pero que incluso bajo la nieve más dura puede seguir creciendo algo.
El duelo ocupa un lugar central en el relato, pero no como tema exclusivo, sino como una experiencia transversal que atraviesa toda la vida. El autor no ofrece recetas ni consuelos fáciles. No hay una idea de “superación” entendida como olvido o cierre definitivo. El duelo, en Flores bajo la nieve, es un proceso inacabado, una forma de relación con la ausencia que se transforma con el tiempo, pero que nunca desaparece del todo. Esta visión honesta y desidealizada del duelo es una de las mayores virtudes del libro, especialmente en un contexto cultural que tiende a exigir rapidez y eficiencia incluso en el dolor.
La escritura se convierte así en una herramienta fundamental. No como terapia explícita, sino como espacio de orden y de sentido. Escribir no elimina la pérdida, pero permite convivir con ella. Permite darle una forma, un ritmo, una respiración. En este sentido, Flores bajo la nieve es también una reflexión sobre el acto de escribir: sobre la necesidad de nombrar lo vivido para que no se pierda, sobre la responsabilidad de transformar la experiencia personal en algo que pueda ser compartido sin traicionar su esencia.
Hay en el libro una atención especial a los detalles: un gesto, una conversación, una canción, una fotografía. Son esos fragmentos los que construyen la memoria y los que dotan al relato de una textura cercana, reconocible. Montes no busca grandes escenas épicas, sino momentos pequeños que, precisamente por su modestia, resultan universales. El lector se reconoce en esos instantes suspendidos, en esa mezcla de alegría y melancolía que define buena parte de la experiencia humana.
El estilo del autor acompaña esta apuesta por lo íntimo. La prosa es clara, fluida, sin excesos retóricos, pero cuidada hasta en sus silencios. Hay una voluntad de precisión que evita tanto la grandilocuencia como la banalidad. Cada frase parece escrita con la conciencia de que decir menos puede ser decir más. Esta economía expresiva refuerza la autenticidad del texto y contribuye a crear una voz narrativa que se siente cercana, casi confidencial, sin caer nunca en la complacencia.
En Flores bajo la nieve también hay una reflexión implícita sobre el paso del tiempo. No como una amenaza constante, sino como una fuerza que transforma y reconfigura. El tiempo no borra las heridas, pero las integra. El libro mira hacia atrás desde un presente que no reniega del pasado, pero que tampoco queda atrapado en él. Hay una aceptación serena de lo vivido, incluso de aquello que dolió, como parte inseparable de la identidad. Esta mirada madura es uno de los elementos que distinguen la obra y le otorgan una profundidad poco frecuente.
El lector que se acerque a este libro esperando una narración lineal o una historia cerrada puede sentirse desorientado. Pero quien esté dispuesto a dejarse llevar por el ritmo de la memoria, por sus avances y retrocesos, encontrará en Flores bajo la nieve una experiencia de lectura intensa y reveladora. No es un libro que se lea con prisa. Exige tiempo, atención, disposición emocional. A cambio, ofrece algo cada vez más raro: la sensación de estar leyendo algo verdadero, no en el sentido factual, sino en el sentido humano.
En el panorama literario actual, donde a menudo se confunde la exposición con la profundidad y la confesión con la literatura, el libro de Nacho Montes destaca por su honestidad sin estridencias. No busca provocar ni impresionar, sino compartir. No pretende erigirse en relato ejemplar, sino en testimonio singular que, precisamente por su singularidad, logra conectar con lo universal. En ese equilibrio delicado reside gran parte de su fuerza.
Flores bajo la nieve es, en última instancia, un libro sobre la permanencia. Sobre aquello que permanece a pesar de la pérdida, del cambio, del paso del tiempo. Sobre las huellas que dejan las personas amadas, los lugares habitados, las decisiones tomadas. Es un libro que reivindica la memoria no como nostalgia paralizante, sino como raíz que permite seguir creciendo. Como esas flores que, incluso bajo la nieve más espesa, encuentran la manera de abrirse paso hacia la luz.
Para un lector contemporáneo, acostumbrado a relatos rápidos y emociones inmediatas, este libro propone una experiencia distinta: más lenta, más introspectiva, más exigente. Pero también más duradera. Porque Flores bajo la nieve no se agota al cerrar sus páginas. Continúa resonando, acompañando, dialogando con las propias pérdidas y recuerdos de quien lo lee. Y esa es, quizás, la forma más honesta de literatura: la que no se impone, la que no se olvida, la que se queda.




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