La canguro: cuando el hogar deja de ser refugio
- Violant Muñoz Genovés

- hace 2 días
- 5 Min. de lectura
Hay novelas que no necesitan grandes conspiraciones ni escenarios extraordinarios para provocar desasosiego. Les basta con entrar en casa, cerrar la puerta y observar qué ocurre cuando lo cotidiano empieza a resquebrajarse. La canguro, la nueva novela de Pablo Rivero, se instala precisamente en ese territorio incómodo: el del hogar como espacio de amenaza, el de la maternidad atravesada por el miedo, el de la mente que duda de sí misma. Publicada por Suma de Letras, la obra se inscribe con fuerza en el domestic thriller contemporáneo, pero lo hace desde una sensibilidad muy concreta: la de quien entiende que el verdadero terror no siempre llega de fuera, sino que crece, sigiloso, en el interior.

La novela se abre con un estallido. Un hecho violento en el parque del Retiro, en Madrid, irrumpe como una imagen fulgurante que quiebra cualquier expectativa de normalidad. No es un simple gancho narrativo: es una promesa de fatalidad. A partir de ahí, el relato retrocede trece días para reconstruir el camino hacia ese desenlace, como si el lector asistiera a una autopsia emocional en tiempo real. Cada gesto, cada palabra, cada silencio cobra un peso retrospectivo que multiplica la tensión. Sabemos que algo va a suceder; lo que ignoramos es cuándo, cómo y, sobre todo, por qué.
En el centro de la historia está Paula, una mujer atrapada en una maternidad vivida como estado de alerta permanente. Madre de dos hijos pequeños, su vida se organiza en torno a la protección, el control y la anticipación del peligro. No se trata de una caricatura de madre obsesiva, sino de un retrato profundamente humano de la ansiedad contemporánea: la que nace de la conciliación imposible, de la culpa constante, de la exigencia social de hacerlo todo bien y no fallar nunca. Paula vive en una vigilancia continua, como si el mundo fuese un campo minado del que solo ella conoce los riesgos. Ese estado mental, frágil y extenuante, es el terreno fértil sobre el que crecerá el conflicto.
La llegada de Yurena, la joven canguro, actúa como detonante. Desde el primer momento, su presencia resulta ambigua: es dulce, eficiente, aparentemente comprensiva, pero también despierta una incomodidad difícil de nombrar. Rivero construye este personaje con una inteligencia notable, jugando constantemente con la percepción del lector. ¿Es Yurena una amenaza real o una proyección de los miedos de Paula? ¿Es una intrusa o un espejo? La novela se mueve en esa frontera difusa entre lo objetivo y lo subjetivo, obligando a quien lee a cuestionar cada escena, cada reacción, cada interpretación.
Uno de los grandes aciertos de La canguro es su estructura coral. Narrada a cuatro voces, la historia se fragmenta en perspectivas que se complementan y se contradicen. Esta polifonía no busca solo dinamismo narrativo, sino que reproduce el funcionamiento de la mente cuando intenta dar sentido a una realidad inestable. Cada voz aporta una capa de información, pero también introduce nuevas dudas. La verdad nunca se ofrece de forma transparente; siempre está mediada por la emoción, el recuerdo, el interés o el miedo. En ese sentido, la novela dialoga con una tradición literaria que entiende el suspense no como acumulación de giros, sino como tensión psicológica sostenida.
Madrid, lejos de ser un simple telón de fondo, se convierte en un escenario reconocible y perturbador. El Retiro, los pisos familiares, las calles transitadas, los espacios de juego infantil: todo aquello que asociamos con seguridad y rutina se tiñe de amenaza latente. Rivero explota con habilidad esa familiaridad para intensificar el inquietante contraste entre lo que debería ser seguro y lo que deja de serlo. El terror no proviene de lo desconocido, sino de lo excesivamente conocido. Es el parque al que vas cada día. Es la persona a la que confías a tus hijos. Es tu propia casa.
La novela aborda de manera directa, aunque nunca panfletaria, cuestiones relacionadas con la salud mental. La ansiedad de Paula no es un rasgo anecdótico, sino el eje sobre el que gira la narración. Rivero se adentra en los mecanismos de la mente sobrepasada: la hipervigilancia, la interpretación paranoide de los gestos ajenos, la dificultad para distinguir entre intuición y delirio. Sin caer en simplificaciones, La canguro plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la percepción de la realidad está condicionada por el miedo? ¿Hasta qué punto podemos fiarnos de nuestra propia mirada?
La maternidad, tema central de la novela, aparece despojada de idealización. Aquí no hay discursos edulcorados ni heroicidades silenciosas. Hay cansancio, frustración, celos, ambivalencia. Paula ama a sus hijos con una intensidad casi dolorosa, pero ese amor se convierte también en una carga insoportable. La llegada de Yurena despierta sentimientos contradictorios: alivio por la ayuda recibida, culpa por delegar, celos por el vínculo que la canguro establece con los niños. Rivero explora esas emociones con una honestidad que incomoda, porque pone en palabras aquello que muchas veces se silencia.
El pasado, como suele ocurrir en el thriller psicológico, desempeña un papel crucial. Tanto Paula como Yurena arrastran historias que no se cuentan de inmediato, heridas que condicionan su presente. La novela dosifica esta información con precisión quirúrgica, revelando fragmentos que reconfiguran la lectura de lo anterior. No se trata de giros espectaculares, sino de desplazamientos sutiles del sentido. Lo que parecía una reacción exagerada adquiere lógica. Lo que parecía inocente se vuelve sospechoso. El lector es invitado a releer mentalmente la historia mientras avanza, en un ejercicio constante de reinterpretación.
El estilo de Rivero es directo, visual, eficaz. Su prosa no busca alardes, sino claridad y ritmo. Cada escena está construida con una economía de medios que potencia su impacto. Los diálogos son ágiles, verosímiles, cargados de subtexto. Los silencios pesan tanto como las palabras. La tensión se sostiene no mediante una sucesión frenética de acontecimientos, sino a través de una atmósfera opresiva que va cerrándose poco a poco, como una habitación sin ventanas.
En ese sentido, La canguro demuestra una comprensión profunda de los mecanismos del suspense. Rivero sabe cuándo avanzar y cuándo detenerse, cuándo mostrar y cuándo sugerir. El lector queda atrapado en una espera angustiosa, consciente de que el estallido final es inevitable, pero incapaz de prever su forma exacta. La novela se lee con la inquietud de quien presiente el peligro, pero no logra identificar su origen.
Más allá de su eficacia como thriller, la novela plantea reflexiones de mayor calado. Habla de la conciliación como ficción, de la precariedad emocional que genera la exigencia de estar siempre disponibles, siempre alerta. Habla de la confianza como acto de fe y de la traición como posibilidad siempre latente. Habla de los límites de la mente humana cuando se ve sometida a una presión constante. En ese cruce de temas, La canguro trasciende el género para convertirse en un retrato inquietante de nuestro tiempo.
El desenlace, sin necesidad de revelarlo, confirma la coherencia del planteamiento. No hay concesiones al efectismo fácil ni explicaciones tranquilizadoras. Rivero opta por un final que respeta la ambigüedad construida a lo largo de la novela, dejando al lector con preguntas incómodas y sensaciones persistentes. Es un cierre que no clausura del todo, que invita a la reflexión posterior, que prolonga el eco de la historia más allá de la última página.
La canguro confirma a Pablo Rivero como una voz sólida dentro del thriller psicológico español. Su capacidad para transformar lo cotidiano en amenaza, para explorar los pliegues oscuros de la intimidad y para sostener una tensión constante sin artificios lo sitúan en una línea narrativa que dialoga con lo mejor del género. Pero, sobre todo, la novela destaca por su valentía al adentrarse en territorios emocionalmente complejos, sin juzgar ni simplificar.
Leer La canguro es aceptar una invitación incómoda: la de mirar de frente nuestros miedos más íntimos, aquellos que se esconden bajo la apariencia de normalidad. Es reconocer que el hogar no siempre es refugio, que la mente no siempre es aliada y que, a veces, la mayor amenaza no proviene de lo que ignoramos, sino de aquello en lo que más confiamos. En ese espacio inquietante, Pablo Rivero construye una novela absorbente, perturbadora y profundamente contemporánea, que deja huella mucho después de haber sido leída.




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